La Primera Guerra Mundial le dio un vuelco. Su vida y carrera, turbulentas. Como a muchos artistas, vaya.
Pero, ¡ojo! Firmó con Rosenberg. Sus obras de entonces tenían sombras, texturas... una complejidad brutal.
Volvió a París en el 19. Enfermo y sin un duro, pero su reputación no paraba de subir. La primera expo individual lo confirmó.
Con una pleuresía chunga en 1920, Gris no dejó de pintar. Y en Bandol, charló con Diaghilev... ¡hizo vestuarios para Ballets Rusos!
Entre 1922 y 1924, estaba en la cima. Exposiciones en París y Berlín. Y ahí formuló su teoría: pintar es crear, no copiar.
Qué pena que la salud no le dejó disfrutar. Su legado anticipa el Pop Art y Dadá. ¿Quieres más? Lee el próximo artículo.
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