Fragonard, el último genio rococó, pintaba alegría y gracia para la aristocracia antes de la Revolución.

De niño, lo echaron de su trabajo de notario. ¿Por qué? Pues dibujaba sin parar.

Aprendió con los maestros, viajó a Italia y creó un estilo pastoral, sensual. Sus obras, pura fantasía.

Filósofos lo criticaban, pero la élite lo amaba. Hasta la amante del rey Luis XV le hacía encargos.

La Revolución lo dejó sin clientes. Pero volvió, y acabó trabajando en el mismísimo Museo del Louvre.

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