Monet, ya mayor, se obsesionó con algo: sus nenúfares. Quería capturar la paz de su estanque en Giverny.

Pa tener esas plantas exóticas, tuvo que calentar el agua. Los vecinos, claro, se pillaron un buen enfado.

A él le dio igual. Su vida entera giraba en torno a ese estanque, a cada reflejo del agua.

El lago, con su famoso Puente Japonés, fue su musa por 30 años. Se metió de lleno, de zoom al detalle.

Soñó con una sala gigante, un todo infinito para sus nenúfares. Pero el ministerio dijo que era 'demasiada honra'. ¡Qué palo!

Al final llegaron al Louvre, pero nadie los peló hasta los 50. Entra al artículo y ve la historia completa.

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