Paul Cézanne. Su Monte Sainte-Victoire no fue un cuadro más, ¡cambió todo!

Para él, la naturaleza eran solo conos, cubos y cilindros. Así de simple.

Esa montaña era su alma. Su lucha, deseo de paz... todo estaba ahí.

Dejar espacios en blanco no era un error. Te metía en la escena, justo como él la sentía.

Pintar esa montaña una y otra vez era su viaje para entenderse a sí mismo. Puro autoconocimiento.

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