
Djanira da Motta e Silva - Biografía y Obra
Explora la vida y el legado artístico de Djanira da Motta e Silva, la pintora que capturó la esencia del Brasil profundo con pasión y maestría, dejando una huella imborrable en el modernismo.
(Sem Penalidade CLS)
Djanira da Motta e Silva, figura capital de la pintura brasileña, nació en Avaré, São Paulo, en 1914, y nos dejó en 1979.
Autodidacta por vocación, su obra está imbuida de un estilo singular, una expresión artística que clama al alma.
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Djanira, con su pincel, inmortalizó la cultura y el pueblo brasileño: fiestas populares, escenas cotidianas, el sudor de los trabajadores del campo, la vasta inmensidad del interior.
Su legado se reconoce al instante por la intensidad cromática, la pureza de sus formas, y, sobre todo, por la habilidad conmovedora con la que atrapó la esencia misma, el aliento del Brasil más profundo.
Indiscutiblemente, Djanira se alza como una de las artistas brasileñas más cruciales del siglo XX; su aporte a la plástica nacional es universalmente celebrado y admirado, una joya imperecedera.
Djanira da Motta e Silva, o, con afecto, simplemente 'Djanira', es una figura señera, una artista indispensable del movimiento modernista en Brasil.
La obra de Djanira, un espejo del alma, exhibe una temática inconfundiblemente brasileña.
Recorrer su trayectoria nos revela la magnífica condensación de elementos que vertió en cada dibujo, cada pintura, cada grabado.
Djanira vino al mundo un 20 de junio de 1914, en Avaré, un rincón de São Paulo, Brasil.
Hija de una familia humilde hasta el tuétano, sus raíces se hundían en una fascinante mezcla de ascendencia austríaca e indígena brasileña.
En la efervescente década de 1930, contrajo matrimonio con Bartolomeu Gomes Pereira, un valiente maquinista de la Marina.
Su unión, sin embargo, se vio truncada en apenas unos años, cuando el destino cruel se lo llevó durante la Segunda Guerra Mundial.
Antes de empuñar el pincel de forma definitiva, su vida fue un crisol de experiencias: trabajó en cafetales, vendió en las calles de São Paulo y, más tarde, regentó una pensión en Río de Janeiro, un refugio para artistas y escritores inmigrantes. Fueron precisamente ellos quienes encendieron en ella la chispa para abrazar el arte.
Fue en aquel período cuando recibió lecciones preciosas de uno de sus huéspedes, el ya consagrado pintor Milton Dacosta.

Aunque su formación fue predominantemente autodidacta, es cierto que recibió una brevísimo paso por el Liceo de Artes y Oficios de Río de Janeiro en el ya lejano 1940.
De 1945 a 1947, residió en Nueva York, un período fértil donde entró en contacto con la obra de Pieter Brugel, Joan Miró y Marc Chagall, artistas que la influenciaron con una profundidad innegable.
Djanira, anclada siempre a sus raíces, abordó sin rodeos la vida cotidiana del brasileño de a pie: su labor, sus costumbres, sus festivales. Como ella misma sentenció una vez, con una convicción que estremece: “Todo lo que soy, se lo debo a mi pueblo. No abandono mis raíces comunes como mujer ni como artista.”

En 1963, su espiritualidad la llevó a convertirse en hermana laica de la Tercera Orden de los Carmelitas.
Su compromiso social era tan profundo que, tras una visita reveladora a la Unión Soviética, ingresó en el Partido Comunista Brasileño. Y, de alguna manera sublime, estas dos realidades –la fe y la ideología– nunca fueron contradictorias ni excluyentes para ella.

En 1972, en un gesto de reconocimiento papal, recibió del mismísimo Papa Pablo VI en el Vaticano, la Medalla y Diploma de la Cruz “Pro Ecclesia et Pontifice”.
Fue entonces cuando Djanira tuvo el honor de obsequiar su lienzo, titulado "Santana de Pie", al prestigioso Museo del Vaticano.

Su postrera exposición individual, una muestra monumental, tuvo lugar en 1977 en el Museo Nacional de Bellas Artes de Río de Janeiro, donde deslumbró con cerca de doscientas obras.
Djanira nos dejó el 31 de mayo de 1979, en la vibrante ciudad de Río de Janeiro, tras sufrir un infarto fulminante.
Esta prolífica artista produjo incansablemente durante casi cuarenta años de una vida, quizás corta, pero intensamente productiva. Se aventuró con maestría en diversas modalidades artísticas: desde la pintura al óleo y la témpera, hasta el dibujo, el grabado, los azulejos cerámicos y la creación de tapices textiles.
Además, su talento se derramó en la ilustración de numerosos libros y en la majestuosidad de los murales.

En 2019, el prestigioso Masp nos deleitó con una muestra titulada, con acierto, Djanira: la memoria de su pueblo. Allí se exhibieron noventa de sus obras más celebradas, bajo la aguda curaduría de Isabella Rjeille y Rodrigo Moura.
La exposición de Djanira abrió con broche de oro la programación del ciclo Historias de mujeres, historias feministas, un homenaje necesario a las artistas femeninas, entre ellas la colosal Tarsila do Amaral.
Djanira da Motta: GALERÍA
Djanira nos regala, en cada pincelada, una perspectiva singular de la esencia más pura de Brasil.
Nos desvela instantes de la vida cotidiana, capturando con maestría las alegrías y las penurias intrínsecas a la clase trabajadora. Además, documenta con una precisión etnográfica las costumbres de afrobrasileños y de tribus indígenas, un tesoro visual.



Es frecuente, además, hallar en sus lienzos formas humanas desprovistas de expresión facial, sin una identidad específica que las defina.
Es su manera de revelarnos que son, sí, humanos, pero a la vez extraños a nuestra mirada. Los percibimos solo como pescadores, futbolistas, obreros fabriles. Desconocemos sus pensamientos, sus emociones, sus percepciones; solo aquello que ejecutan. Al despojarlos de su individualidad, Djanira teje imágenes inquietantes de seres modernos, engranados en interacciones sociales, repetitivas hasta el hastío. Son figuras distantes, apartadas, puestas por ella para conformar una escena, nunca para ser sus protagonistas.



Djanira, con una agudeza asombrosa, captó los intrincados procesos sociales y económicos que estaban redibujando las comunidades de su amada patria.
El fecundo período de su producción artística, dicho sea de paso, coincidió con una etapa de vertiginosa industrialización y urbanización en el país.


La artista, con su sensibilidad particular, también supo plasmar esos instantes más íntimos de ocio y reposo, tan característicos de la vida urbana.



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