
Pietà - Miguel Ángel
Pietà - Miguel Ángel
(Sem Penalidade CLS)
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Esta es la primera versión de la Pietà esculpida por Miguel Ángel Buonarroti, mundialmente famosa como la Pietà Vaticana por su ubicación en el corazón de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano.
Los documentos revelan que, el 19 de noviembre de 1497, Jean Bilheres de Lagraulas, un influyente cardenal francés, aseguró para Miguel Ángel un imponente bloque de mármol de las célebres canteras de Carrara. Su propósito: encargarle una Pietà para adornar su sepulcro. ¡Una audacia! Este fue uno de los primeros ejemplos de Pietàs esculpidas, pues si bien el tema —Cristo yacente en el regazo de su madre— era recurrente en la pintura italiana, como escultura hallaba su eco más vibrante en Alemania y Francia.
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Miguel Ángel culminó la escultura en apenas un año, pero el cardenal, tristemente, falleció en agosto de 1499. La obra fue destinada a la Capilla de Santa Petronila, donde reposaba su patrón. Tras aproximadamente dos décadas, la escultura encontró su camino hacia la Basílica de San Pedro, permaneciendo un tiempo en la sacristía antes de ocupar su sitio actual, majestuosamente instalada en la primera capilla a la derecha de la Basílica. Hoy, para su preservación y asombro de todos, se yergue protegida por una cúpula de cristal a prueba de balas, un triste legado del vil ataque que sufrió en 1972 (escultura en mármol - 174 x 195).
ANÁLISIS DE LA OBRA:
La idea, se cree, germinó en Alemania durante el siglo XIV, como un eco melancólico de la Madona que sostiene al Niño Jesús en sus rodillas. Sin embargo, un reto monumental se alzaba ante esta composición: para que las proporciones resultaran realistas, la figura de Cristo debía ser, al menos, del mismo tamaño que la de la Virgen. Esto, indefectiblemente, planteaba serias dificultades para representar con convicción a la Virgen sosteniendo a un Cristo adulto y yacente.
La genialidad suprema de Miguel Ángel le permite forjar una composición tan realista que el espectador jamás cuestiona la proporción entre la figura de la Virgen y la de Cristo. De hecho, el maestro disfrazó con astucia la forma de María bajo un voluminoso ropaje que oculta la anchura de su regazo y el hecho de que, de pie, ella superaría con creces la estatura de su Hijo. Pero, ¿quién repara en tales detalles? Nada de esto importa. El observador queda, al instante, subyugado por la desgarradora pena que la obra evoca. La cabeza ladeada de la Virgen, parcialmente cubierta por su manto, y su brazo extendido con la palma abierta, se vuelven inmensamente expresivos, mientras sostiene con infinita ternura a su hijo exánime en el regazo.
Ciertos críticos, no sin razón, señalaron que el rostro de la Virgen había sido esculpido con una juventud tal que parecía irreal para ser la madre de Cristo. Miguel Ángel, con su genio incuestionable, defendía que la pureza inmaculada de la Virgen la preservaba del paso del tiempo, de la vejez. Como toda creación suya, y fiel a la tendencia imperante en la Alta Renacimiento, esta escultura encarnaba la forma humana idealizada, sublime.
¡Qué detalle! Esta es la única obra firmada por el propio maestro. En la banda que atraviesa el manto de la Virgen, se puede leer la inscripción latina: MICHEA[N]GELVS BONAROTVS FLORENT[INVS] FACIEBAT, cuya traducción reza: el florentino Miguel Ángel Buonarroti lo hizo. Cuentan las crónicas que la firma fue grabada a toda prisa, en un arrebato, porque Miguel Ángel sorprendió a dos hombres atribuyendo su prodigiosa creación a otro artista. Fue en ese preciso instante, consumido por la indignación y la necesidad irrefrenable de dejar su sello indeleble, que el escultor plasmó su rúbrica, lo que, dicen, justifica ese pequeño desliz ortográfico, fruto de su furia y pasión al marcar su obra para siempre.
La escultura se erige en una composición piramidal impecable, magistralmente acentuada por el ropaje de la Virgen María: una imponente línea vertical que define su altura y una curva serena trazada por el cuerpo inerte de Cristo. La Pietà, a pesar de acoger a su hijo yacente, no exhibe desesperación; su mano izquierda se abre hacia el observador en un gesto sublime, como quien silenciosamente confiesa que ya nada más puede hacer.
PIETÀ RONDANINI: EL ÚLTIMO ALIENTO DE UN GENIO

La Pietà Rondanini, ¡ah, la Rondanini!, fue la obra cumbre y final de Miguel Ángel, una de las creaciones más conmovedoras legadas por el escultor, quien en aquel entonces ya superaba los 80 años de vida, con la muerte acechando.
Esta obra es la sobrecogedora reelaboración de una idea que comenzó a gestarse en 1552: el suave contorno de las piernas de Jesús, el brazo derecho ya desprendido del cuerpo y el tenue esbozo de otro rostro. Sin embargo, en 1555, Miguel Ángel, con una audacia radical, transformó por completo el proyecto: las figuras, ahora etéreas, asumieron una forma alargada, uniéndose en un abrazo que estremece el alma.
La primera mención a esta pieza, testimonio de su evolución, la realizó un alumno de Miguel Ángel en 1564, el mismo año del fallecimiento del artista, en dos conmovedoras cartas. Una dirigida a Giorgio Vasari y la otra, a su sobrino, Leonardo Buonarroti, donde se describe: iniciada con un Cristo y otra figura por encima, juntas, pegadas, esbozadas y no acabadas.
En esta escultura, Miguel Ángel, en un acto de suprema humildad y lucidez, renuncia deliberadamente a la perfección idealizada del cuerpo y a la belleza heroica que tanto había perseguido, transformando a Cristo exánime en un crudo y universal emblema de sufrimiento. La inusual posición de los cuerpos de María y Jesús, en alturas dispares, parece susurrar el entretejido de diversos acontecimientos cruciales en la vida de Cristo: la deposición de la cruz, el sepelio y la promesa de resurrección, todos ellos disueltos en un abrazo maternal de una profundidad inaudita. Esta Pietà, que es una meditación profunda sobre la muerte y la salvación del alma, se erige como el testamento conmovedor de los últimos años de vida del incomparable genio renacentista.
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