
Biografía de Ludwig van Beethoven: El Periodo Heroico y la Lucha Contra la Sordera (Capítulo 2)
Adentrémonos en el segundo capítulo de la vida de Beethoven, explorando su "Periodo Heroico" y la desgarradora batalla contra la sordera que marcó su genio.
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Beethoven, un compositor austriaco que vio la luz en el siglo XVIII y el amanecer del XIX.
Es, sin duda, una de las figuras cumbres en la vasta historia de la música clásica universal.
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Si bien existe un debate no menor sobre cuál de sus primeros conciertos para piano interpretó esa noche, la mayoría de los expertos se inclina por la pieza que hoy conocemos como su "primer" concierto para piano en Do mayor.
Poco después, dio un paso audaz: publicar una serie de tres tríos para piano bajo el título de su Opus 1. ¡Un triunfo! Tanto la crítica como las arcas aplaudieron su audacia.
En 1800, la Sinfonía n.º 1 en Do mayor de Beethoven resonó por primera vez en el Royal Imperial Theatre de Viena.
Aunque el propio Beethoven llegaría a detestar la obra —"En aquellos días no sabía componer", confesaría más tarde—, esa sinfonía, tan graciosa y melodiosa, lo catapultó, sin embargo, a la cima de los compositores más célebres de Europa.
Durante esta época, Beethoven forjó pieza tras pieza, cada una un hito que lo consolidó como un compositor magistral, alcanzando ya su plenitud musical.
Sus Seis Cuartetos de Cuerda, que vieron la luz en 1801, son una prueba irrefutable de su dominio absoluto sobre la más exigente y apreciada de las formas vienesas, aquellas que Mozart y Haydn habían elevado al Olimpo.
También en 1801, Beethoven dio vida a Las Criaturas de Prometeo, un ballet que gozó de enorme favor, con veintisiete funciones en el Imperial Court Theatre.
Fue, más o menos, en ese preciso momento cuando el destino le reveló un secreto cruel: su audición se esfumaba.
Al despuntar el siglo XIX, Beethoven libraba una batalla íntima, titánica: esforzarse por descifrar las palabras que le dirigían en una simple conversación.
Así lo desveló en una conmovedora carta de 1801 a su amigo Franz Wegeler: "Debo confesar que llevo una vida miserable. Durante casi dos años he dejado de asistir a eventos sociales, solo porque me resulta imposible decir a la gente: Soy sordo. Si tuviera cualquier otra profesión, podría ser capaz de afrontar mi enfermedad, pero siendo esta mi profesión, es una terrible desventaja."
Desde 1803 hasta 1812, lapso que hoy conocemos como su periodo heroico, su pluma no conoció descanso: una ópera, seis sinfonías imponentes, cuatro conciertos para solista, cinco cuartetos de cuerda que son puro crisol, seis sonatas de cuerda, siete sonatas para piano, cinco series de variaciones pianísticas, cuatro oberturas, cuatro tríos, dos sextetos y nada menos que 72 canciones. Una explosión creativa.
Entre todas, brillaron con luz propia la sobrecogedora Sonata Claro de Luna, las sinfonías n.º 3 a 8, la sonata para violín Kreutzer y Fidelio , su única ópera.
A pesar de aquella producción extraordinaria de música que rozaba lo divino, Beethoven se reveló como un hombre solitario y, a menudo, desdichado a lo largo de su vida adulta.
Un temperamento explosivo, distraído hasta el límite, tacaño y con una desconfianza lindante con la paranoia; así era él. Rivalizaba con sus hermanos, sus editores, las amas de llaves, los alumnos y hasta con sus mecenas.
Por mil y un motivos, su marcada timidez entre ellos, Beethoven jamás contrajo matrimonio ni tuvo descendencia.
Sin embargo, un amor imposible lo consumía: el que sentía por una mujer casada, Antonie Brentano.
A lo largo de dos días de julio de 1812, Beethoven le dedicó una larga y preciosa carta de amor, un testimonio que nunca llegó a su destinataria.
Dirigida "A ti, mi Amada Inmortal", la misiva rezaba en parte: "Mi corazón está lleno de tantas cosas que decirte —ah— hay momentos en que siento que la palabra no vale nada. Anímate, sigue siendo mi verdadero y único amor, mi todo, así como yo soy el tuyo."
Mientras su genio esculpía algunas de sus obras más trascendentales, una lucha interna lo devoraba: la aceptación de un hecho atroz, sobrecogedor, que intentaba ocultar con desesperación. La sordera avanzaba, implacable.
Casi un milagro: a pesar de su sordera, que progresaba a pasos agigantados, Beethoven siguió componiendo con un ardor furioso.
En cuanto a la asombrosa producción de una música superlativamente compleja, original y de una belleza conmovedora, este periodo de su vida no tiene parangón con el de ningún otro compositor en los anales de la historia.
Muerte y Legado
Para desentrañar el resto de esta travesía, le invitamos a seguir nuestro próximo artículo: Biografía de Ludwig van Beethoven: Legado Inmortal y las Grandes Obras (Capítulo Final).
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