
El Barco de Esclavos, de William Turner
Una denuncia desgarradora: la obra maestra de Turner sobre la tragedia del Zong.
(Sem Penalidade CLS)
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Esta es una de las obras cumbres de William Turner, un testimonio que captura la desoladora historia del Barco de Esclavos Zong. Es, sin tapujos, una denuncia visceral de los horrores de la esclavitud, vividos durante la travesía infame de ese navío que, en 1783, navegaba de África a Jamaica.
Una enfermedad implacable se propagó por las bodegas del barco, amenazando la vida de muchos esclavos. El seguro, cruel paradoja, cubría las muertes en el mar, mas no aquellas causadas por dolencias. El capitán, consumido por el temor a las pérdidas económicas, descendió a las entrañas de la nave, seleccionó a los esclavos con síntomas de enfermedad y los arrojó al abismo salado, encadenados por muñecas y tobillos. ¡Ciento treinta y dos almas: hombres, mujeres y niños!
(Sem Penalidade CLS)
Pero la historia, ¡ah!, la historia es caprichosa y nos depara un detalle aberrante: cuando la sociedad inglesa desentrañó la barbarie, quedó estupefacta, un escándalo mayúsculo sacudió la época.
Turner, con su pincel, anhelaba que el relato del Barco de Esclavos Zong conmoviera al planeta entero, tal como había estremecido a Inglaterra. La obra, con una fuerza inusitada, posee un clarísimo propósito panfletario.
Rechazada, sí, por los críticos de su tiempo, la obra fue tildada de caótica, de oscura. A Turner se le acusó, sin ambages, de locura.
Hoy, sin embargo, “El Barco de Esclavos” es venerada por muchos como la pintura inglesa más trascendente del Siglo XIX.
Aquí, Turner se despoja del realismo y la precisión del trazo. Al contrario, las formas se funden en una danza etérea, las pinceladas gritan expresividad. La violencia, indomable, reside tanto en el tema desgarrador como en la impetuosa forma de pintar.
Los colores se entrelazan hasta el punto de que resulta imposible discernir dónde comienza un tono y dónde termina otro. La paleta es vasta, pero los ocres, los rojos ardientes, los tonos cálidos, dominan la escena. El cuadro palpita con una fiebre inusitada, como una pesadilla líquida, donde contornos y formas se diluyen, se desvanecen.
William Turner (1775-1851) fue, sin duda, el pintor británico más influyente del siglo XIX y uno de los paisajistas más grandiosos en la historia del arte universal, cuyo estilo vanguardista sembró las semillas del impresionismo.
Un Artista Inquietante y Visionario
Aunque Turner fue una figura ciertamente controvertida en su época, hoy lo reconocemos como el artista que elevó la pintura de paisaje a nuevas cumbres, considerado por muchos un precursor audaz de la modernidad pictórica, gracias a sus estudios revolucionarios sobre el color y la luz.
William Turner legó a la nación británica un legado asombroso: más de 19.000 acuarelas, dibujos y óleos. La mayoría de estas joyas se custodian hoy en la National Gallery y la Tate Gallery de Londres.
(Sem Penalidade CLS)









