
El Estilo Barroco: Escultura, Arquitectura y el Legado en Brasil
El Estilo Barroco: Escultura, Arquitectura y el Legado en Brasil
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Los escultores, figuras centrales, fueron empleados con una intensidad inaudita. Pese a la trascendencia de la arquitectura, la escultura se erigía como la forma de arte cristiana más distintiva de la era barroca, y sin duda, la de mayor alcance. Logró, a diferencia de la arquitectura y la pintura, forjar un lenguaje artístico vastamente compartido por toda Europa. Además, influyó profundamente en la concepción de casi todos los artefactos artísticos producidos en aquel tiempo. En definitiva, la onmipresencia es la primera cualidad inconfundible de la escultura barroca.
La escultura barroca tradicional solía exhibir dos rasgos distintivos. Primero, su perfección técnica. La destreza de los escultores barrocos era un verdadero virtuosismo; por ejemplo, lograban reproducir la piel humana con una veracidad asombrosa, diferenciando entre hombre o mujer, anciano o joven. Rízos, el drapeado de los ropajes, la simulación de distintas telas como lana y seda, la textura de las armaduras... todo se detallaba con una precisión pasmosa. Tal era el dominio de estos artistas sobre el material que, en estatuas de mármol, resulta imposible adivinar la forma original del bloque. Cuenta la historia que Miguel Ángel, al sintetizar los ideales de la escultura renacentista italiana, afirmó que una estatua debía dar la impresión de poder rodar cuesta abajo sin sufrir daño alguno. Esto jamás podría haberse dicho de las esculturas barrocas. Su propósito era casi fotográfico: eternizar un instante de movimiento y expresión. Para ello, recurrieron a un dibujo libre y suelto, y a estructuras para la forma humana mucho más esbeltas de lo que los escultores del Renacimiento consideraban idóneo.
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Principal escultor: Gian Lorenzo Bernini

Estilo barroco: Arquitectura
En el estilo arquitectónico barroco, la atención se volcaba hacia espacios audaces, cúpulas majestuosas y volúmenes imponentes. La escultura decorativa, por su parte, se empleó en tres modalidades características. La primera consistía en una hilera horizontal de estatuas u otras piezas escultóricas que coronaban el edificio. No era esta, insistimos, una invención barroca, pero sí fue en este período cuando se consolidó como una característica estilística convencional, un método depurado. Dicho recurso surgió de la costumbre, muy en boga en el siglo XVII, de rematar los edificios con un "ático". Se trataba, en esencia, de un parapeto bajo que disimulaba los tejados inclinados, confiriendo al edificio, visto desde abajo, la impresión de concluir en una línea horizontal. Este elemento terminó, casi siempre, adornado con una sucesión de estatuas dispuestas con regularidad y recortándose nítidamente contra el cielo.
Un ejemplo sobresaliente del estilo barroco en arquitectura lo encontramos en el Palacio de Versalles:

EL ESTILO BARROCO EN BRASIL
El estilo barroco llegó a Brasil a principios del siglo XVII, de la mano de misioneros católicos, en particular los jesuitas, quienes trajeron esta nueva estética como instrumento de adoctrinamiento cristiano.
En Brasil, el barroco se erigió como el estilo artístico predominante durante la mayor parte del período colonial, hallando un terreno fértil para un florecimiento exuberante. A lo largo de este tiempo, existió una estrecha asociación entre la Iglesia y el Estado. Sin embargo, al no haber una corte colonial que sirviera de mecenas –pues las élites no se preocuparon por edificar palacios ni patrocinar artes profanas hasta bien entrado el período–, y dado que la religión ejercía una influencia inmensa en la vida cotidiana, de este conjunto de factores se desprende que la vasta mayoría del legado barroco brasileño reside en la arte sacra: la estatuaria.
En Brasil, las particularidades más emblemáticas del barroco, habitualmente descritas como un estilo dinámico, narrativo, ornamental, dramático –que cultiva los contrastes y exhibe una plasticidad seductora–, comunican un contenido programático articulado con sofisticados refinamientos retóricos y un pragmatismo innegable. El arte barroco era, en esencia, un arte funcional, que cumplía a la perfección los propósitos para los que fue concebido: más allá de su mera función decorativa, facilitó la asimilación de la doctrina católica y las costumbres tradicionales por parte de los neófitos, erigiéndose en un instrumento pedagógico y catequético de probada eficiencia. Así, los indígenas pacificados más diestros, y más tarde los africanos importados como esclavos, masivamente expuestos a la cultura portuguesa, transitaron de ser meros espectadores de estas expresiones artísticas a convertirse en agentes productores. Los africanos, de hecho, fueron responsables de gran parte de la producción barroca en el país.
Entre los artistas principales que brillaron con luz propia destacan Antonio Francisco Lisboa, conocido como Aleijadinho, y Maestro Ataíde. La arquitectura barroca floreció de manera notable en los estados de Bahía, Minas Gerais, Goiás y Río de Janeiro.
Un ejemplo que fusiona escultura y arquitectura lo hallamos en la Ciudad de Congonhas do Campo. La obra de Aleijadinho, Los Doce Profetas, da la bienvenida a los visitantes en el Santuario del Bom Jesus de Matosinhos, en Minas Gerais.

Con el auge de la Arte Académica a partir de las primeras décadas del siglo XVIII, la tradición barroca –que había ostentado una fuerza imponente en Brasil y era considerada el estilo nacional por excelencia–, cayó gradualmente en desuso. No obstante, sus huellas se rastrearon en diversas manifestaciones artísticas hasta bien entrado el siglo XX.
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