
El Friso Stoclet - El Abrazo, de Gustav Klimt
Un viaje a la opulencia y simbolismo del Friso Stoclet, destacando la icónica pieza 'El Abrazo' de Gustav Klimt.
(Sem Penalidade CLS)
Le invito a contemplar el Friso Stoclet, esa serie de frescos magistralmente concebida por Gustav Klimt para la suntuosa residencia del industrial Adolphe Stoclet en Bruselas.
Una de las secciones más célebres de este friso es, sin duda, "El Abrazo", una pieza donde un par se funde en un abrazo eterno sobre un fondo dorado y profusamente ornamentado, sello inconfundible del estilo de Klimt.
(Sem Penalidade CLS)
Gestada entre 1905 y 1911, esta obra se alza como una de las cumbres del simbolismo y del modernismo vienés, deslumbrando por su intrincada complejidad simbólica y una belleza estética que hechiza.
Al sumergirse en "El Abrazo" y en el Friso Stoclet en su totalidad, uno es arrastrado a un viaje inolvidable a través de un cosmos de símbolos, colores vibrantes y formas caprichosas; una experiencia visual y emocional única, puro destello de la genialidad de Klimt.
El Friso Stoclet - 1904-1909 - Técnica mixta (197 x 91cm) - Österreichische Museum für Angewandte Kunst, Viena (Austria)

Despojado de cualquier resquicio de mero decorativismo, este panel emerge como una pieza singular, casi un manifiesto, en la vasta obra de Klimt.
Concebido, en un principio, con una finalidad estrictamente decorativa, se convirtió, paradójicamente, en una inesperada fuente de inspiración para la vanguardista abstracción del pintor Theo van Doesburg (1883-1931).
Corría el año 1904 cuando el visionario arquitecto Josef Hoffmann recibió el encargo de Adolphe Stoclet, un joven y acaudalado magnate belga, para erigir una imponente villa de estilo art nouveau en Bruselas.
Hoffmann, con acierto, confió a Klimt la grandiosa tarea de decorar el comedor con unos mosaicos de proporciones monumentales, que, con el tiempo, serían bautizados como El friso Stoclet.

Los dos paneles principales comparten un mismo y embriagador telón de fondo: la majestuosa representación del Árbol de la Vida que, inspirándose en delicadas estampas japonesas, se ramifica en un sinfín de espirales hipnóticas.
Sin embargo, dos figuras capitales marcan las diferencias. En el panel izquierdo, bautizado como La Espera, Klimt plasmó a una etérea bailarina; en el derecho, El Abrazo, emergen un hombre y una mujer, unidos en un férvido abrazo.
En el extremo derecho del panel, sobre la densa y geométrica ramificación espiral del Árbol de la Vida, Klimt dispuso, con una maestría formal asombrosa, la figura triangular de este dúo que se funde en un abrazo casi trascendente.
En El Abrazo, nos topamos con un hombre de espaldas, ataviado con una larga túnica que lo envuelve desde la nuca hasta los pies.
A semejanza de los exquisitos kimonos japoneses que el pintor atesoraba, la túnica, en vibrantes tonos rojos y blancos, se adorna con elipses concéntricas –algunas evocando la forma de un ojo de gato–, cuadrados y rectángulos de distinto tamaño, triángulos invertidos, arabescos y una miríada de motivos de aves y peces de colores resplandecientes.
En la zona inferior, Klimt desplegó un gran cuadrado rebosante de otros rectángulos negros, grises y dorados: un guiño rotundo al suntuoso estilo de Hoffmann, quien concibió el interior del Palacio Stoclet con mármol blanco impoluto, granito negro azabache y destellos áureos.
Aunque la figura femenina parece casi engullida por la imponente representación del hombre que se apoya en su hombro, es ella quien aporta los únicos elementos figurativos del conjunto: el rostro en éxtasis y las manos que envuelven tiernamente al varón.
Para diferenciar a los personajes, Klimt delineó un contorno sinuoso para el vestido de la mujer, creando un contraste vibrante frente al perfil rectilíneo y casi arquitectónico de la indumentaria masculina.
El Abrazo retoma un tema recurrente, casi una obsesión, en la producción de Klimt: el abrazo íntimo entre el hombre y la mujer. Este motivo irrumpió por primera vez en Amor (1895) y fue revisitado en Filosofía (1899-1907) y en El Friso Beethoven (1904).
Su clímax, su máxima expresión, lo alcanzó en la inmortal obra El Beso (1907-08).
(Sem Penalidade CLS)









