
Mural, Jackson Pollock
Mural, Jackson Pollock
(Sem Penalidade CLS)
El Mural de Jackson Pollock se alza como una obra monumental, un hito que no solo redefine su trayectoria artística, sino que también esculpe un punto crucial en el devenir del arte moderno.
Gestada en 1943 por encargo de Peggy Guggenheim para su mítico apartamento neoyorquino, esta pintura desvela ya, con una fuerza arrolladora, muchos de los elementos distintivos del estilo de Pollock, aquellos que lo catapultarían a la inmortalidad.
(Sem Penalidade CLS)
Con sus impresionantes más de 2 metros de altura por 6 de largo, "Mural" es una verdadera detonación de líneas, formas y colores que, vibrantes, parecen danzar y entrelazarse en un frenesí por cada centímetro del lienzo.
Esta obra no fue simplemente importante; fue el catalizador, el puente ineludible que guio a Pollock hacia la técnica del goteo que lo inmortalizaría, erigiéndose como un mojón inconfundible en la historia del arte moderno.
El Mural, sin lugar a dudas, se cuenta entre las pinturas más significativas de Jackson Pollock y es unánimemente reconocido como el gran parteaguas, el punto de inflexión decisivo que transformó la escena artística estadounidense.
Fue en el verano de 1943 cuando la mecenas y visionaria coleccionista de arte Peggy Guggenheim encargó al artista Jackson Pollock, por entonces una figura aún en ciernes, un mural destinado al vestíbulo de su fastuoso apartamento en Manhattan, con una exigencia clara: debía cubrir una pared completa, dejando la elección temática en manos del propio artista.
Por una sugerencia brillante de su amigo y consejero más sagaz, Marcel Duchamp, el mural se ejecutaría sobre lienzo, y no directamente en la pared, asegurando así su preciada portabilidad.
Ella estaba, evidentemente, ansiosa por exhibir en su morada una obra que clamara su inquebrantable apoyo a la vibrante nueva senda del arte americano.
El encargo llegó sellado con un contrato, un gesto insólito para la época, que prometía un salario de 150 dólares mensuales. Este sustento económico era vital, una bendición para Pollock y su futura esposa, la talentosa pintora Lee Krasner, quienes compartían ya un modesto apartamento en Nueva York y lidiaban con graves apuros económicos.
Para ubicar el gigantesco lienzo en su destino, fue necesario derribar varias paredes. Sin embargo, los días se desvanecían y la tela permanecía impoluta, inmaculada. Guggenheim, con la impaciencia carcomiéndole el alma, empezó a presionar al artista, amenazando con cesar los pagos si el proyecto no veía la luz. Pero esa presión, lejos de ayudar, solo exacerbaba la angustia de Pollock, quien pasaba semanas enteras contemplando la tela en blanco, lamentándose de no hallar la chispa, la inspiración que tamaña empresa exigía.
Obcecado por la obra, al borde del abismo de la depresión, finalmente, contra todo pronóstico, logró darla por concluida.
Persiste el mito de que Pollock pintó el mural completo en una sola noche, la víspera de la fecha estipulada para su entrega. Sin embargo, una restauración reciente desveló un universo distinto: el artista aplicó múltiples capas, utilizando más de veinte colores, que se secaron pausadamente durante semanas. Es cierto que la fase final de la pintura, esa que irrumpe con salpicaduras y que tan vívidamente refleja los gestos y trazos del autor, sí pudo haberse gestado en un lapso muy breve. Pero la aparente espontaneidad del mural es, en realidad, fruto de una calculada maestría. La obra rebosa pasión, una energía desbordante y un dinamismo que atrapa. Es posible imaginar al artista en plena ejecución, empleando la fuerza titánica de todo su cuerpo para plasmar su visión en los casi tres metros de alto por seis de ancho del lienzo. La furia pictórica de Pollock se materializa en cada pincelada, agresiva y enérgica, un torbellino de emoción sobre la tela.
Este colosal mural adornó el apartamento de Guggenheim durante varios años. Sin embargo, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, ella resolvió regresar a Europa, donde, ante la imposibilidad de albergar una pintura de semejante envergadura, comenzó la búsqueda de un nuevo santuario para su Mural. Tras intensas negociaciones con Lester Longman, por entonces director de la Escuela de Arte e Historia del Arte de la Universidad de Iowa, Guggenheim tomó la decisión de donar la obra. A cambio, solicitó que Lester se encargara del arduo traslado a Iowa, donde, desde entonces, reside y se exhibe gloriosamente en el museo de dicha institución.
MURAL: SU SIGNIFICADO PROFUNDO
El mural se erige majestuoso en la encrucijada entre la abstracción y la figuración: otorga al espectador una libertad embriagadora para interpretar sus formas misteriosas, sus figuras en perpetuo movimiento. Pollock confesó a un amigo años después de su creación que, para concebirlo, experimentó una visión arrolladora, y la describió así: “Era una estampida de todos los animales del oeste americano, vacas y caballos, antílopes y búfalos. Todo cargado contra esa maldita superficie.” Aunque subsista cierta sugerencia figurativa en el Mural, su impacto primordial reside en la abstracción pura, en la liberadora ruptura con las ataduras impuestas por las figuras tradicionales.
El Mural no es solo el lienzo de mayores dimensiones que Pollock jamás abordó; es, para los historiadores del arte, un momento de liberación catártica, un instante en que el artista, con audacia, trasciende las asfixiantes tradiciones de la pintura de caballete. Estilísticamente, marca una transición vibrante desde su abstracción biomórfica de raíz surrealista hacia una pintura más gestual, más visceral, más activa. Las pinceladas audaces y los goteos esporádicos que lo salpican son un preludio, un claro indicio de la expresión creativa, rítmica y enérgica que el artista, con maestría inaudita, exploraría con plenitud en el futuro.
TÍTULO: Mural
AÑO: 1943
TÉCNICA: Tinta a base de óleo y agua sobre lino
DIMENSIONES: 242,9 x 603,9 cm
UBICACIÓN: Museo de Arte de la Universidad de Iowa
(Sem Penalidade CLS)









