Abaporu - Tarsila do Amaral
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Abaporu - Tarsila do Amaral

Abaporu - Tarsila do Amaral

A

Arthur

Curadoria Histórica

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Índice do Artigo

Os invito a sumergiros en "Abaporu" de Tarsila do Amaral, una de las obras más emblemáticas y esenciales del arte moderno brasileño.

Creada en 1928, esta pintura despliega una figura sobre un telón de fondo onírico, un universo surrealista y profundamente simbólico.

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"Abaporu", un encargo del escritor Oswald de Andrade, entonces esposo de Tarsila, se convirtió en la chispa que encendió el movimiento antropofágico. ¿Su propuesta? La "devoración" audaz, sin complejos, de la cultura europea; un acto de digestión creativa para alumbrar un arte auténticamente brasileño.

Con sus colores vibrantes, casi gritones, y sus formas tan singularmente simplificadas, esta obra es un himno rotundo a la cultura y la identidad de Brasil. Y aún hoy, sigue siendo un torrente inagotable de inspiración y admiración.

Al contemplar "Abaporu", nos vemos interpelados a meditar sobre la vastedad y la opulencia de la cultura brasileña. Y, por supuesto, sobre el papel capital que el arte desempeña en la forja de la identidad nacional. Una invitación a la introspección.

Abaporu - Tarsila do Amaral

Abaporu. Tarsila do Amaral. 1928. Óleo sobre lienzo (85x73) - Colección del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Fundación Constantini - Argentina)

Abaporu: LA HISTORIA 

El 11 de enero de 1928, día del cumpleaños de Oswald de Andrade, entonces su marido, Tarsila decidió regalarle el lienzo que acababa de terminar.

Oswald, profundamente impresionado con la obra, compartió su sentir con el poeta Raul Bopp (1898-1984): "Es el hombre plantado en la tierra". Discutieron largo y tendido sobre la pintura, que aún carecía de título.

Ambos coincidían en algo: aquella criatura, pensaban, era un ser originario de la tierra. Un ser brotado del monte, un antropófago, sin duda.

Recurriendo al diccionario tupi-guaraní que pertenecía al padre de Tarsila, obra del jesuita Montaya Antonio Ruiz, dieron con la palabra Abaporu: "hombre que come carne humana". ¡Qué hallazgo!

El Manifesto Antropófago, escrito por Oswald de Andrade poco después

establecería las bases de aquel movimiento que, justo allí, comenzaba a germinar.

En él, el poeta desvela la antropofagia como una metáfora potente. ¿El proceso? Aquel por el cual el hombre americano, en su afán por forjar una cultura propia, "canibalizaría", digeriría y asimilaría, según sus propios moldes, la civilización europea. Un acto de autonomía cultural.

Aunque Abaporu marque, sin duda, el inicio de la Fase Antropofágica de Tarsila, no fue la primera obra donde la artista exploró sus inquietudes. Antes ya había abordado la emergencia de fuerzas míticas y esa búsqueda, casi obsesiva, de raíces profundas.

De hecho, La Negra, con su fuerza inconfundible, anticipó estos aspectos, tanto conceptuales como formales, unos cinco años antes.

Tiempo después, una amiga íntima de Tarsila le confió que aquellas pinturas antropofágicas le recordaban sus propios pesadillas más profundos. Y fue entonces, en ese instante, cuando la pintora, de repente, identificó el germen original de su obra. Una revelación.

La propia artista describió Abaporu con una precisión escalofriante: "una figura solitaria y monstruosa, con pies inmensos, sentada en una llanura verde; el brazo doblado descansando sobre una rodilla, la mano sosteniendo el peso pluma de una cabecita minúscula. Y, frente a ella, un cactus que estalla en una flor absurda." Una imagen que perfora el alma.

Tarsila vinculaba a este personaje con aquellos cuentos que las "pretas velhas" de la hacienda le narraban una y otra vez, con voz suave, a la hora de dormir, cuando apenas era una niña. Relatos de antaño que forjaron su imaginario.

Eran historias sobre una habitación siempre cerrada, con una abertura en el techo, de la que se oía una voz fantasmal: "Me caigo, me caigo". Un escalofrío.

Y caía un pie que la niña imaginaba inmenso. "¡Me caigo!", se repetía, y entonces caía el otro pie. ¡El terror!

"¡Me caigo!", y aparecía una mano, y luego la otra. Finalmente, el cuerpo entero. Una visión que acecha los sueños.

El Abaporu, curiosamente, exhibe la misma hipertrofia en la pierna y el brazo que ya veíamos en La Negra. Pero aquí, se integra a la perfección con el paisaje, de una forma mucho más profunda que su predecesora.

Ese pie descomunal, casi desproporcionado, compensa su precario asiento, dándole una pose que evoca la de un pensador. Un ser que irradia tanta tristeza que parece haber atrofiado su propia cabeza, diminuta, y el brazo que apenas la sostiene.

Inmovilizado por ese desequilibrio casi poético entre su gigantismo y su evidente recogimiento, necesita del cactus. Sí, del cactus y del sol. Son ellos, y solo ellos, quienes le otorgan una relación estable y armónica con el conjunto, con la inmensidad que lo rodea.

 

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