
Impresionismo: La Sinfonía de Formas y Sonidos en la Escultura y la Música
Impresionismo: La Sinfonía de Formas y Sonidos en la Escultura y la Música
(Sem Penalidade CLS)
La escultura, cómo no, pronto se vio envuelta en la contienda a favor o en contra del «modernismo». El insigne escultor francés Auguste Rodin (1840-1917) ascendió rápidamente a maestro consagrado, alcanzando una notoriedad pública tal que se le consideró un artista tan relevante, cuando no superior, como cualquiera de su época. Pero, incluso sus creaciones, ¡ay!, fueron objeto de encendidas polémicas entre los críticos y a menudo se las comparaba con las de los rebeldes impresionistas.
Rodin, el maestro, desdeñaba la pulcritud externa del acabado. ¡Ah!, prefería dejar un margen para la imaginación del espectador. A veces, incluso, se atrevía a dejar parte de la piedra en su estado más puro, casi en bruto, como para sugerir que la figura emergía, tomando vida y forma, en ese mismísimo instante, tal cual se aprecia en su obra cumbre, «La mano de Dios».
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La impronta de Rodin, indudablemente, abrió senda para la aceptación del impresionismo más allá del reducido círculo de sus admiradores en la Francia de entonces.
LA MÚSICA IMPRESIONISTA
Igual que su pariente en las artes visuales, la música impresionista se centró más en la sugestión y la atmósfera, dejando de lado la emoción desbordante o la narración histórica típica de la música programática. Nació, seamos sinceros, como una reacción a los desmesurados ímpetus de la Era Romántica. Mientras este periodo estaba marcado por un uso dramático de las escalas mayores y menores, nuestra música impresionista, en cambio, se inclina por la disonancia y abraza escalas menos convencionales, ¡sí!, como la hexafónica.
Si los compositores románticos solían recurrir a géneros más extensos, pensemos en la sinfonía o el concierto, los impresionistas, por su parte, se decantaron por formatos más concisos. Pequeñas joyas, ¿verdad?
Claude-Achille Debussy - Nacido un 22 de agosto de 1862 y fallecido el 25 de marzo de 1918. Músico, sí, y compositor francés. Debussy era un observador y oyente infatigable de la naturaleza. En repetidas ocasiones, nos confió cómo el murmullo del mar, el susurro del viento entre las hojas, o el trino de los pájaros quedaba grabado en su memoria y luego, ¡ahí estaba!, se materializaba en su música.
De igual modo, las cambiantes tonalidades del horizonte lo cautivaban. En numerosos títulos de sus composiciones, ¡en la mayoría, me atrevería a decir!, Debussy no oculta el origen de su musa ni la profunda influencia de la literatura, las artes plásticas o la serena contemplación de la naturaleza. Es en sus Preludios donde el compositor alcanza la cima de la expresión musical de todas esas resonancias extramusicales, concretando lo que algunos estudiosos denominan el «arte de la sugestión»; es decir, la habilidad de guiar al oyente a visualizar la música a través de delicadas impresiones sonoras.
JOSEPH MAURICE RAVEL - Compositor francés, nacido el 07 de marzo de 1875 y fallecido el 28 de diciembre de 1937. Aclamado como el más clásico de los compositores franceses modernos, Ravel, desde el amanecer de su carrera, ya desplegaba una calidad artística idéntica a la de sus obras de madurez. Un prodigio, sin duda.
Sus estudios musicales comenzaron tempranamente; a los catorce, ya frecuentaba el Conservatorio de París. Las primeras presentaciones de sus trabajos, allá por 1898, no fueron del agrado de la crítica más establecida. En 1891, logró un segundo puesto en el prestigioso Premio de Roma de composición, pero, ¡paradójicamente!, fue sistemáticamente relegado en las subsiguientes ediciones del certamen, a pesar de presentar obras de incuestionable valor técnico y artístico. ¡Qué injusticia!
En 1905, bajo el férreo dominio del conservadurismo, el jurado lo declaró, incomprensiblemente, inelegible. ¡Un escándalo para la época! Por su estilo, armonía y temática, es a menudo vinculado, con razón, al impresionista Debussy; sin embargo, se distingue de él por su marcada predilección por las estructuras abstractas de la música. ¡Una mente brillante! En el arte de la orquestación, por cierto, introdujo innovaciones verdaderamente revolucionarias. Un genio, ¿no cree?
Alcanzó la fama, y de qué manera, gracias a sus obras para orquesta, como la vibrante Rapsodia Española (1908), y por sus inolvidables ballets: el icónico Bolero (1928) y el sublime Daphnis y Chloé (1912). ¡Impresionante!
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