
Romanticismo en las artes visuales: Manifestaciones Nacionales en Alemania, España e Inglaterra
Romanticismo en las artes visuales: Manifestaciones Nacionales en Alemania, España e Inglaterra
(Sem Penalidade CLS)
Índice do Artigo
En Alemania, el Romanticismo despuntó como un torbellino artístico en pleno Siglo de las Luces, pero su brújula no apuntaba a la razón fría. No, su mirada se clavaba en las emociones más íntimas.
Los pinceles de aquellos románticos alemanes, ¡qué cosa!, giraron con nostalgia hacia tiempos pretéritos. La Edad Media, por ejemplo. Buscaban ahí, con afán, arquetipos de humanidad en comunión con la naturaleza, en una sintonía olvidada entre sí.
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Les seducían la pintura medieval y la del Renacimiento italiano temprano. ¡Abominaban, eso sí, el estilo neoclásico tan en boga en su era!
Caspar David Friedrich, el titán germano del Romanticismo, volcó su alma, sobre todo, en el paisajismo. Ahondó en la inmensa relación del ser humano con la tierra que lo pisaba.
Su célebre "El caminante sobre el mar de nubes", vaya pieza, es una de las cumbres más representativas de esta vertiente.
El paisaje, entonces, trascendió. Se erigió en alegoría del alma humana, sí; pero también, ¡y qué importante!, en símbolo de una libertad sin cauces, un lamento discreto contra la opresión política de su tiempo.
El Romanticismo en España
España, en plena contienda. Entre la Guerra Peninsular desatada por Napoleón y la de Independencia, los artistas románticos, con el pulso tembloroso, viraron hacia visiones más personales de paisajes y retratos. El individuo, ese ente singular, cobraba un valor inédito.
Francisco de Goya, ¡qué figura!, se alzó, sin discusión, como el más prominente de los románticos españoles.
Si bien ostentó el título de pintor oficial de la corte real, hacia finales del siglo XVIII, su pincelada se atrevió a hurgar en los recovecos del imaginario, en lo irracional, en los espantos de la conducta humana y del conflicto bélico.
Sus creaciones, entre ellas "El Tres de Mayo de 1808" y aquella escalofriante serie de grabados, "Los Desastres de la Guerra", se erigen como un poderoso clamor contra la barbarie bélica en la era ilustrada.
Cada vez más ensimismado, Goya gestó una serie de pinturas negras. Ahí, con trazo sombrío, desentrañó los horrores que anidaban en los rincones más profundos de la psique humana.
El Romanticismo en Francia
Creadores como Eugène Delacroix forjaron innumerables escenas de género inspiradas en el Norte de África, inaugurando, de paso, la voga del orientalismo. Sus composiciones, ¡qué dramatismo!, orquestadas con luz y color, ponían de manifiesto los horrores de acontecimientos y tragedias que sacudían su tiempo.
Su cuadro "La Libertad guiando al pueblo", un hito innegable, se cuenta entre las piezas más cruciales y paradigmáticas del Romanticismo.
Los franceses, además, cultivaron una robusta lectura escultórica del Romanticismo.
Géricault esculpió "La Ninfa y el Sátiro", una obra que plasmaba un encuentro, digamos, sugerente y brutal entre las dos figuras mitológicas.
El Romanticismo en Inglaterra
Salvo William Blake, un visionario que transitaba senderos más oníricos en su arte, los pintores románticos ingleses sentían predilección por el paisaje. Ahí estaba su refugio.
John Crome, miembro fundador y primer presidente de la Sociedad de Artistas de Norwich, cuya labor incluyó exposiciones anuales entre 1805 y 1833, fue una figura clave.
Dominando la acuarela y el óleo, Crome, al igual que sus compañeros del grupo, puso el acento en la pintura al aire libre, en una observación casi científica del paisaje.
Con todo, su obra y la de otros coetáneos del grupo traslucían una sensibilidad romántica, visible, por ejemplo, en "Niños bañándose en el río Wensum, Norwich", de 1817.
John Constable, el paisajista inglés de mayor eco, supo maridar la atenta observación de la naturaleza con una sensibilidad hondísima.
Rebelde ante las rígidas normas académicas, su manejo del color caló hondo en el joven Eugène Delacroix. Este último quedó prendado de cómo Constable, con pinceladas de color local y blanco, lograba una luz que parecía vibrar, destellar.

En su "Stonehenge", Constable nos transporta a una era mítica. Nos brinda, así, una visión de la naturaleza tamizada por emociones; anhelos de individualización en un orbe donde la belleza, el placer y la armonía se disocian de lo palpable.
Quien llevó el color a cotas aún más radicales fue William Turner, un artista prolífico —aunque excéntrico y recluso— que se prodigó en óleos, acuarelas y grabados.
La aplicación del color de Turner, con pinceladas vertiginosas, creó una superficie empastada, llena de dinamismo. Por algo le llamaron "el pintor de la luz".
Su influjo fue notorio en los artistas impresionistas y, más adelante, incluso en el expresionista abstracto Mark Rothko.
Obras Mencionadas
Para desentrañar el resto de esta aventura, sigan el hilo en nuestro próximo artículo: Romanticismo en las artes visuales: Las Obras Maestras que Dieron Forma a una Época.
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