
Biografía de Joan Miró y sus obras: La Forja de un Visionario Catalán
Biografía de Joan Miró y sus obras: La Forja de un Visionario Catalán
(Sem Penalidade CLS)
Con la explosión de colores y la promesa de la primavera, un 20 de abril de 1893, Barcelona vio nacer a Joan Miró i Ferrà. Aquel que se convertiría en pintor, grabador, ceramista y escultor español de renombre. Su padre, un consumado orfebre y relojero, regentaba un establecimiento llamado Aquarium en la vibrante plaza Real. Por su parte, su madre, Dolors Ferrà, traía consigo la estirpe de una familia con arraigada tradición ebanista.
Los primeros balbuceos académicos de Miró tuvieron lugar en la Academia Marquês. Con apenas 14 años, un adolescente aún, ingresó en la prestigiosa Escola de Belas Artes. Pero era un alma tímida, introspectiva, ferozmente celosa de su universo interior; apenas dirigía la palabra a nadie. Era inútil, su notoria ineptitud para el dibujo —él mismo confesaba: "no sé distinguir una línea recta de una curva"— le llevó a abandonar el efervescente mundo del arte para sumergirse en la rutina de una droguería. ¡Qué ironía! Un destino gris y anodino le aguardaba si seguía como empleado administrativo, pensaba su padre, observando al hijo abstraído en los colores del cielo. Pero el destino interviene: un tifo y una profunda depresión bastaron para que el padre tomara una decisión que cambiaría el rumbo de todo. Viendo su lamentable estado, le sugirió al joven pasar un tiempo en la finca paterna en Montroig, el mismo lugar donde su abuelo, herrero y forjador, ejercía su maestría. Fue allí donde Miró, sin saberlo, despertó sus agudas cualidades de observador. Se extasió ante la exquisita caligrafía de la corteza de un árbol, la armonía de las tejas, el frenético vaivén de las hormigas. Inconscientemente, seguía el sabio consejo de Agustín de Hipona: "Si estás triste, contempla las hormigas".
(Sem Penalidade CLS)
La energía, esa chispa vital, y la incontenible voluntad de vivir, se instalaban de nuevo en el alma del futuro artista. El padre, por fin convencido, decidió sabiamente confiar a su hijo a su verdadera vocación, en lugar de entregarlo a las manos de un psiquiatra. Miró ingresó en la academia de Francesc Galí, un pedagogo eminente que, lejos de juzgar, aceptó las limitaciones gráficas del alumno para potenciar su agudo y singular sentido del color. Miró, por su parte, lo sabía: no podía dejar de pedalear en la bicicleta del arte si no quería volver a sumergirse en el abismo negro de la tristeza más honda.
Con una renovada confianza, a los 20 años y en compañía del grabador Enric Guitart, abre su primer estudio independiente. Allí, devora la poesía de Apollinaire, y un marchand amigo, con ojo avizor, comienza a interesarse por su prometedor trabajo.
En 1917, pinta una serie de paisajes que expone en las galerías Dalmau. El resultado, ¡ay!, fue estrepitosamente nulo. Su primer expressionismo, empapado de fauvismo, se encontraba en un callejón sin salida.
La pintura Rades, the Village (La Aldea de Rades) es una de las primeras obras de Joan Miró. Adscrita al fauvismo, ya se vislumbra en ella una sutil aproximación al cubismo, movimiento al que también se unió brevemente en su incansable búsqueda.

La energía, esa chispa vital, y la incontenible voluntad de vivir, se instalaban de nuevo en el alma del futuro artista. El padre, por fin convencido, decidió sabiamente confiar a su hijo a su verdadera vocación, en lugar de entregarlo a las manos de un psiquiatra. Miró ingresó en la academia de Francesc Galí, un pedagogo eminente que, lejos de juzgar, aceptó las limitaciones gráficas del alumno para potenciar su agudo y singular sentido del color. Miró, por su parte, lo sabía: no podía dejar de pedalear en la bicicleta del arte si no quería volver a sumergirse en el abismo negro de la tristeza más honda.
En 1919, viaja por primera vez a París, donde conoce y estrecha lazos con Pablo Picasso. Allí concluye su Autorretrato, que regala a su nuevo amigo. Ya establecido en la efervescente Ciudad de la Luz, la indiscutible capital del arte, Miró suelta las amarras de su mundo interior, conquistando una ideología nueva, vibrante y expresiva. Todo gracias al contacto frecuente con los vanguardistas del momento, figuras como: Paul Éluard, Aragon, André Breton, Joyce, Miller, Ezra Pound, Jacques Prévert, Erik Satie.
Cuatro años más tarde, se publicaría el icónico Manifiesto Surrealista. Fue el texto fundacional de ese movimiento, al que Miró, ahora sí, ya pertenecía de pleno derecho.
En 1922, concluye la magistral tela La Masía y consigue un comprador de lujo: el mismísimo Ernest Hemingway. La obra fue vendida por doscientos cincuenta dólares, postergando así a su inseparable compañera, el hambre. En esta pieza, se amalgaman el verismo infantil con una impactante frontalidad y un orden preciso; pero, más allá, Miró se adentra en ese mundo inagotable de la infancia del que ya nunca saldría.
Después de haber concluido La Masovera de Pies Gigantescos en 1923, Miró rompe definitivamente con la asfixiante realidad de la conciencia normal para zambullirse en su propio ser, bajo la égida de Freud y Breton. Su famosa El Carnaval del Arlequín inaugura esta nueva etapa, un grito que resuena: "il faut changer de vie", había resonado por esas mismas calles parisinas.

Para desentrañar el resto de esta fascinante travesía, te invitamos a seguir explorando en nuestro próximo artículo: Biografía de Joan Miró y sus obras: El Maestro Surrealista, las Guerras y la Ascensión Internacional.
(Sem Penalidade CLS)









