Biografía de Leonid Afremov y su espátula mágica
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Biografía de Leonid Afremov y su espátula mágica

Biografía de Leonid Afremov y su espátula mágica

A

Arthur

Curadoria Histórica

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Leonid Afremov es, sin duda, uno de los artistas más singulares; su estilo es, en efecto, peculiar y se reconoce al instante.

Le tomó una década entera, ¡diez años!, refinar su destreza, su manejo, su arte con ese material.

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BIOGRAFÍA

Leonid Afremov vino al mundo un 12 de julio de 1955 en Vitebsk, Bielorrusia, entonces parte de la Unión Soviética.

Su padre, diseñador y zapatero. Su madre, obrera en una fábrica metalúrgica.

Creció en un hogar judío, muy tradicional.

En la escuela, era buen alumno. Siempre, siempre le atrajeron la historia y el arte.

Tomaba cuanta clase se le ofrecía, además de lecciones particulares con artistas de la zona.

Sus padres, al notar su talento para la pintura a edad temprana, lo animaron sin reservas a pulir y cultivar esa dote.

Por sus profundas raíces judías y el antisemitismo rampante en Rusia, la familia Afremov se las vio y deseó para vivir con libertad en su propia tierra.

Pero ni aquello mermó su enfoque en la producción y el estudio artístico; pronto, quedó cautivado por las obras de Picasso, Dalí y Modigliani.

En 1978, egresó de la Escuela de Arte de Vitebsk. A partir de entonces, sumó experiencia, pintando sin descanso y exhibiendo en cuanto espacio se presentaba.

Aun así, su talento despegó de verdad recién en 1990, al mudarse a Israel, huyendo de la tensión que crecía en Rusia.

Casado ya y con un hijo, la mudanza fue ardua. Afremov luchó por afianzar a su familia, sufriendo, como tantos, la opresión por su herencia rusa.

El artista se las ingenió con mil oficios para subsistir. Y siguió pintando, claro, en sus ratos libres.

En Israel, encontró resistencia al intentar vender sus lienzos en galerías. Le dijeron que su obra carecía de valor, ¡por ser un 'inmigrante ruso'!

Descorazonado al ver que el padre no vendía, su hijo Dmitry se lanzó. Fue puerta por puerta, por todo el barrio, hasta que por fin colocó uno de los cuadros.

Fue él quien le sugirió otra vía: vender sus obras por medios alternativos.

De ese modo, el artista pulió una habilidad particular: vender sus creaciones directamente a la gente, sin intermediarios, sin galerías ni marchantes.

En enero de 2002, otro traslado, esta vez a Estados Unidos. Llevó consigo más de cien cuadros, listos para hallar dueño.

Afremov se vio constreñido a pintar solo temas y motivos muy específicos, todo para que su familia pudiese sobrevivir.

La libertad artística no tenía cabida cuando lo urgente era poner pan en la mesa.

En Nueva York, Leonid Afremov encontró buenas oportunidades, sí, pero el clima gélido le pasó factura a su salud.

Luchaba, sin tregua, contra la artritis y los dolores musculares que las bruscas variaciones de temperatura le provocaban.

Así que, en abril de ese mismo año, hizo las maletas y se fue a Fort Lauderdale, Florida.

El resto de la familia lo seguiría meses más tarde.

En Florida, más de lo mismo: Afremov se topó con los mismos desafíos que en Nueva York. Solo unos pocos temas y motivos eran bien vistos. ¿La inspiración? Ni rastro para lo que él de verdad anhelaba pintar.

Tenía que pintar, por fuerza, lo que las galerías pedían, lo que se sabía que venderían.

Se encontró, entonces, ante un dilema peliagudo: ¿pintar lo que le dictaba el corazón y morir de hambre, o plegarse a las sugerencias de las galerías?

Fue en 2004 cuando probó suerte en una subasta. Vendió algunos cuadros. El éxito fue, al instante, rotundo.

Los lienzos se despacharon por cientos, a veces por miles de dólares.

Pudo, por fin, despojarse de la presión de la venta, y sumergirse en sí mismo como artista.

Sin embargo, tras tantas malas experiencias con galerías, Leonid optó por vender directo a los coleccionistas.

A partir de 2005, sus viajes lo llevaron al Caribe, a México. Y tras veranear tres veces en esa misma región, en marzo de 2010, decidió que era hora de retirarse, de cuidar su salud, y de instalarse, de forma definitiva, en Playa del Carmen, uno de esos rincones paradisíacos de México de los que el artista quedó perdidamente enamorado.

Sus hijos, que le siguieron los pasos, pasaron a gestionar su galería virtual, desde donde comercializaban y enviaban las obras de Playa del Carmen al mundo entero.

En 2011, Leonid Afremov compró una finca cerca de Puerto Morelos; allí, por prescripción médica, fijó su residencia y pasó gran parte de su tiempo.

Un paro cardíaco se lo llevó, a los 64 años, el 19 de agosto de 2019, en Playa del Carmen, México.

Hoy día, sus creaciones se venden por internet. El artista, al fin y al cabo, siempre defendió que su obra estuviera al alcance de todos.

El MOMA lo cuenta entre los más grandes y reconocidos impresionistas modernos de nuestra era.

Sus cuadros han adornado innumerables hogares y galerías privadas por el mundo.

Leonid y su obra

Aun con las batallas y tensiones políticas que le tocó vivir, sus pinturas irradian la vibración de una mente que desborda ganas de expresarse.

Su obra no busca significados ocultos ni mensajes velados; más bien, evoca emociones, no narra historias.

Es un mundo dentro de otro mundo; cada lienzo susurra un sentimiento.

GALERÍA DE ALGUNAS OBRAS

Otoño
Jardín en Invierno
El Jardín de los Sentidos

Entre los temas más recurrentes de Afremov, las estampas urbanas dominan, especialmente esas escenas nocturnas bajo la lluvia.

Bajo esas condiciones, sus imágenes capturan el reflejo del agua en el suelo, mecido por las luces de farolas bajas y fachadas encendidas, entremezclando tonos vivos con otros más sobrios, plasmando así la esencia de la noche.

Callejón del Lago
Ciudad del Lago
Paseo Nocturno
Otoño en Ámsterdam
Boda Lluviosa
Noche Lluviosa
París de mis Sueños

En París de mis Sueños hallamos un ejemplo nítido del manejo cromático que Afremov dominaba.

El primer plano del cuadro luce pinceladas sencillas; sin embargo, en el cielo nocturno, se aprecia ese espatulado tan característico de su labor.

Los tonos vibrantes no son literales, claro. Pero se ajustan, ¡vaya que sí!, como si hubieran nacido allí, en ese ícono parisino, el principal.

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